Carta Óscar Bérman -

Marzo 20, 2018

Los padres de Diana Quer, Marta del Castillo, Mari Luz, Sandra Palo, una representación de la familia de Yéremi y Blanca Estrella Ruiz, presidenta de la Asociación 'Clara Campoamor'. EP.

 

Hay tres formas de enfrentar el crimen. 

 

La primera, es que cada uno se tome la justícia por su mano.

 

La segunda, comprendiendo y perdonando a los criminales y diseñando el castigo, no como tal sino como ayuda para que se arrepienta y pida perdón, y se reintegren a la sociedad como si aquí no hubiera pasado nada. 

  

La tercera, estableciendo procedimientos lo más objetivos y fiables posibles, para que los criminales sean castigados de forma que se evite el impulso de tomarse la justicia por su mano por parte de los damnificados y, no menos importante, que los más débiles puedan ejercer su derecho a la justicia y protegerse del efecto inductor que tiene la impunidad. Es por esa razón por la que se debe proteger con mayor intensidad a los más débiles, sean hombres, mujeres, niños, ancianos o adultos.

 

Con ocasión de la muerte del pequeño Gabriel, y sin que olvidemos la de tantos otros olvidados, hemos asistido a la escenificación de esas tres formas de enfrentar el crimen en un espectáculo tan esclarecedor que más bien parece la sutil estratagema de un maestro para mover a sus alumnos a pensar por sí mismos que una simple casualidad. Hemos visto cómo muchas personas, movidas por la rabia del tremendo daño innecesario, cobarde e injusto perpetrado en la persona del niño, han cedido al impulso de tomarse la justicia por su mano. Pero hemos visto, también, cómo los defensores de la segunda alternativa, la de la comprensión, protección y perdón de los criminales, se imponía en los grandes medios de comunicación que, aún hoy mismo, continúan bombardeando con la idea comprensiva y reinsertadora.

 

Muchas personas que sienten profundamente la necesidad de una justicia firme, capaz de proteger a los débiles y evitar el impulso de la venganza ciega, se encuentran indignadas con la actitud de las corrientes políticas que defienden la idea de la justicia sólo legitimada en términos de reinserción, encarnadas en las mismas organizaciones políticas que quieren abolir la prisión permanente revisable. El dantesco espectáculo al que estamos asistiendo en directo, multiplicado por los medios de información hasta la extenuación, presenta rasgos que sólo es posible ignorar si nos dejamos llevar por el sentimentalismo al que quieren arrastrarnos esos medios. 

 

La presunta asesina en militante de izquierdas afín a Podemos. El padre de la criatura es afiliado a Podemos. La madre, en una actitud que resume a la perfección la alternativa de comprensión, resignación y reinserción, en un ejercicio terriblemente evidente de Síndrome de Estocolmo, pide que cese la rabia, la indignación y el odio contra la presunta criminal o, lo que es lo mismo, que todos nos anestesiemos y aceptemos con resignación la alternativa de la comprensión y el perdón.

 

Muchos de los que no aceptan esta alternativa y critican con justa crudeza a esas organizaciones políticas que, sin duda alguna motivadas por el hecho de que la presunta es una de los suyos, olvidan que la base de esta doctrina de comprensión, perdón y reinserción, se encuentra en la religión que ellos mismos profesan y que es una institución como la Iglesia la que coincide con las organizaciones izquierdistas en la defensa de la impunidad vestida de humanidad para con los criminales, no para con las víctimas, tratando de establecer una asociación mental que, paradójicamente, podríamos calificar de demoníaca: la madre del niño asesinado pide que cese la rabia, la indignación y el odio, todo el mundo se centre en las buenas personas y olvide a la criminal. Y pide eso porque ella sí es una buena persona, dando a entender que los que pedimos justicia, y no venganza ciega ni impunidad buenista, no somos tan buenas personas. Pero lo somos. Precisamente porque no albergamos absolutamente ninguna clase de comprensión con el mal ni con quienes lo ejercen ni, lo que es más importante, pedimos perdón para ellos, un perdón disfrazado de bondad religiosa, justificación sociológica o eficacia científica.

 

La justicia debe estar por encima de los impulsos, perfectamente comprensibles y naturales, de venganza. Pero, también, de cualquier forma de impunidad, no importa los términos en los que se exprese. Porque sólo puede comprender, perdonar y reinstalar a los criminales otros criminales o las pobres gentes indefensas ante sí mismas y movidas por lo que hoy en día se llama Síndrome de Estocolmo. 

 

La venganza y el perdón no son compatibles con la justicia. Nadie que defienda la venganza o el perdón (y la reinserción) puede llamarse justo. No se puede ser justo y comprender, proteger y, finalmente, salvar a los criminales. Así de sencillo. Así de esclarecedor. Porque estas personas, además de expresar su condición profunda de comprensión, perdón y salvación de los criminales, nos condenan a los demás a ceder ante nuestros impulsos de venganza o a ser esclavos de nuestra debilidad.

 

Y a esa degradación de venganza o indefensión es a la que quieren someternos quienes piden derogar la prisión permanete revisable e impiden que se endurezca el código penal porque ellos consideran que con los criminales hay que ser comprensivos y perdonarlos tras que se arrepientan. Porque, entre otras cosas, dicen, eso es ser buena persona y, además, no sirve de nada poner penas duras ya que no evitan el crimen. Pero el crimen no lo evitan tampoco las penas reinsertadoras. Así pues, eliminemos todo castigo a los criminales.

 

Buenas personas somos los que pedimos justicia. Que nadie lo olvide, porque somos la inmensa mayoría. 



Óscar Bermán Boldú

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